La instalación del nuevo Congreso dejó una escena que pocos esperaban y que muchos intentarán minimizar. Mientras en la Cámara de Representantes Nicolás Barguil fue elegido con 180 de 181 votos, en el Senado el candidato respaldado por el presidente electo Abelardo De La Espriella sufrió una derrota contundente.
No fue un simple accidente parlamentario ni una disputa menor por cargos protocolarios, fue el primer mensaje real de poder que recibió el próximo Gobierno, en el que se lee que en el Capitolio nadie parece dispuesto a obedecer sin antes cobrar.
Honorio Henríquez, del Centro Democrático, llegó a la presidencia del Senado con 56 votos, superando los 45 de Alfredo Deluque. Lo llamativo no fue solamente el resultado, sino la alianza que lo hizo posible, pues uribistas, congresistas del Pacto Histórico y sectores que desconocieron las órdenes de sus partidos terminaron votando en la misma dirección.
Una coincidencia demasiado conveniente para presentarla como espontánea, ya que Cuando extremos políticos aparentemente irreconciliables se unen, casi nunca lo hacen por principios; generalmente lo hacen para contener a alguien que comienza a acumular demasiado poder.
El derrotado no fue únicamente Deluque, el verdadero destinatario de la votación fue De La Espriella; antes de posesionarse, el presidente electo descubrió que los apoyos recibidos en campaña no son cheques en blanco y que parte de la derecha que lo acompañó no está dispuesta a entregarle el liderazgo político.
Álvaro Uribe dejó claro que conserva votos, estructura y capacidad para tomar decisiones sin pedir permiso a la Casa de Nariño. Gustavo Petro, por su parte, demostró que desde la oposición todavía puede intervenir en las grandes jugadas del Congreso; ambos enviaron una advertencia similar desde orillas distintas y es que aquí nadie gobierna solo.
La Cámara, en contraste, mostró una aparente tranquilidad con la elección casi unánime de Nicolás Barguil, acompañado por Simón Molina y Erick Velasco en las vicepresidencias, fue presentada como una demostración de consenso y madurez institucional.
Sin embargo, en el Congreso colombiano las unanimidades rara vez son gratuitas, detrás de los 180 votos seguramente hay acuerdos, cuotas, compromisos y espacios de poder que solo comenzarán a conocerse cuando llegue la hora de votar el presupuesto, el Plan Nacional de Desarrollo y los proyectos más importantes del próximo Gobierno.
Esa es la diferencia entre las dos cámaras, el Senado decidió mostrar desde el comienzo los dientes; la Cámara prefirió sonreír para la fotografía. Una corporación eligió la confrontación abierta y la otra mantuvo la tradición de repartir espacios para garantizar apoyos. Pero sería ingenuo concluir que la Cámara será automáticamente más cercana a De La Espriella; puede ser más pragmática, más negociadora y, precisamente por eso, mucho más costosa políticamente.
El nuevo presidente enfrentará entonces un Congreso partido entre la rebeldía visible y la obediencia negociada. Tendrá que pactar con partidos que lo apoyaron, convencer a sectores que ya marcaron distancia y tratar con una oposición que demostró capacidad para asociarse incluso con sus adversarios cuando existe un interés común.




