La decisión de llevar a Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial no es un movimiento ornamental. Es, en realidad, la primera gran operación de reposicionamiento de Paloma Valencia tras ganar la Gran Consulta por Colombia.
La senadora llegó a la candidatura con 3.236.286 votos, mientras Oviedo obtuvo 1.255.510, una bolsa nada despreciable que lo convirtió en el segundo nombre de esa consulta y en una figura con capital político propio dentro de la coalición. La apuesta es obvia: Valencia pone estructura, partido y voto ideológico; Oviedo aporta imagen técnica, lenguaje de gestión y una fachada menos áspera para una campaña que necesita crecer más allá del uribismo clásico.
El impacto inmediato es que Paloma deja de ser solo la candidata de convicción y pasa a intentar verse como una candidata de expansión. El problema es que esa expansión no sale gratis. La propia discusión previa entre ambos dejó claro que no estaban ante un matrimonio natural sino ante un acuerdo de conveniencia electoral.
Hubo diferencias explícitas sobre el acuerdo de paz y la JEP, y la misma Valencia resumió el dilema sin maquillaje: “Ni él va a cambiar ni yo voy a cambiar”. Esa frase sirve como prueba de sinceridad, pero también como advertencia política; la fórmula nace unida por cálculo, no por identidad programática plena.
Aun así, el movimiento puede resultarle rentable. Oviedo no es un relleno de tarjetón, su paso por el DANE le dio una reputación de funcionario serio y su irrupción en política le permitió conectar con un electorado urbano, profesional y menos militante, especialmente en Bogotá.
Para Paloma Valencia, eso significa una oportunidad de suavizar la marca Centro Democrático sin desdibujarla del todo. En lenguaje de campaña, la senadora conserva el músculo de la derecha y suma una cara que habla de cifras, administración y eficiencia. En una contienda presidencial fragmentada, esa combinación puede ayudarle a dejar de competir solo por el voto fiel y empezar a disputar el voto útil de centroderecha.
Pero aquí aparece el punto que más ruido puede generar en opinión pública y es que Oviedo corre el riesgo de perder el activo que lo hizo atractivo, su aparente independencia. Una cosa es haber quedado segundo en la consulta; otra, muy distinta, es quedar absorbido por una candidatura con sello uribista.
La foto de bienvenida en casa de Valencia, el “bienvenido, señor vicepresidente” y el apretón de manos mandan un mensaje de cierre rápido de filas, pero también alimentan la crítica de quienes veían a Oviedo como una figura técnica capaz de dialogar con sectores más amplios.
En Antioquia, donde Paloma tiene un terreno naturalmente fértil y donde la Gran Consulta arrasó con más del 90 % de los sufragios depositados en ese tarjetón, la jugada puede consolidar una percepción de candidatura competitiva y organizada.
El verdadero examen de la fórmula no estará en Medellín ni en los bastiones tradicionales del Centro Democrático, sino en las ciudades donde el uribismo necesita dejar de asustar y empezar a persuadir. Ahí es donde Oviedo deberá probar si su presencia suma votos nuevos o solo maquilla los ya existentes.

