Navarro Wolff, una izquierda que aprendió a construir con el adversario

La trayectoria de Antonio Navarro Wolff deja una exigencia para la izquierda colombiana: transformar el país también implica construir acuerdos, respetar las instituciones y rendir cuentas.

La muerte de Antonio Navarro Wolff, el 1 de noviembre, deja a Colombia ante una trayectoria que desborda las fronteras de la izquierda.

Excomandante del M-19, negociador de paz, constituyente y gobernante, Navarro ayudó a demostrar que abandonar las armas podía conducir a transformar las instituciones. Su importancia histórica está en esa decisión sostenida como convertir la confrontación en competencia democrática y aceptar que el adversario también tenía derecho a participar en la construcción del país.

La desmovilización del M-19 en 1990 no resolvió la violencia colombiana ni borró las responsabilidades de la organización, pero abrió una posibilidad política de enorme alcance.

Después del asesinato de Carlos Pizarro, Navarro asumió la candidatura presidencial de la Alianza Democrática M-19 y mantuvo la apuesta por las urnas. Persistir en ese camino, cuando el crimen parecía confirmar los riesgos de dejar las armas, contribuyó a sostener la credibilidad del acuerdo.

Para Colombia, aquella transición mostró que incorporar a antiguos insurgentes podía ampliar la democracia y disputar las razones utilizadas para prolongar la guerra.

La Constitución de 1991 fue la expresión más duradera de esa apertura, aunque surgió de una convergencia mucho más amplia que el M-19. Navarro compartió la presidencia de la Asamblea con Horacio Serpa y Álvaro Gómez Hurtado: tres procedencias políticas distintas obligadas a encontrar acuerdos.

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La Carta fortaleció los derechos, la participación y el reconocimiento de una sociedad plural. Su aporte consistió en ayudar a convertir una fuerza recién llegada de la insurgencia en interlocutora de un pacto nacional, comprendiendo que una Constitución necesitaba representar también a quienes pensaban diferente.

Después llegaron las responsabilidades de administrar y responder por resultados y de esta manera fue alcalde de Pasto, gobernador de Nariño y congresista.

Esa trayectoria le permitió construir relaciones institucionales que sobrevivieron a las diferencias ideológicas. Las expresiones de reconocimiento de dirigentes de izquierda y derecha tras su fallecimiento hablan de una autoridad política que no dependía exclusivamente de la adhesión partidista.

Navarro podía defender sus posiciones sin convertir cada desacuerdo en una ruptura; una capacidad especialmente valiosa en un país donde la polarización suele premiar lo contrario.

Para la izquierda colombiana, su legado es hoy una referencia y una exigencia. Navarro defendió la Constitución de 1991 incluso cuando Gustavo Petro planteó impulsar otro proceso constituyente; su apuesta era desarrollar sus posibilidades democráticas, antes que sustituirla, razón por la cual, honrar su nombre supone algo más difícil que como lo es demostrar que la vocación de cambio puede convivir con la capacidad de acordar, gobernar y rendir cuentas.

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