Cabal se va del uribismo, la candidatura por encuesta le estalló al Centro Democrático

Una carta firmada por José Félix Lafaurie habla de graves irregularidades, pide una escisión y deja al partido con candidata pero sin unidad.

La renuncia de María Fernanda Cabal al Centro Democrático no es un portazo, es una demolición con argumentos jurídicos, nombres propios y un mensaje político que el uribismo venía aplazando. Cabal y su esposo, José Félix Lafaurie, formalizaron su salida tras el proceso interno que proclamó a Paloma Valencia como candidata presidencial, un proceso que, según ellos, careció de garantías y terminó convertido en una pelea por el control del sello, no por la construcción de una mayoría.

El dato que incomoda al partido está escrito sin eufemismos: “No queremos continuar en el Centro Democrático. Sentimos que no tenemos espacio”, dice la misiva y lo que sigue es una solicitud de escisión, es decir, partir el partido para crear otra colectividad con personería, como “salida digna” y, de paso, un inventario de presuntas irregularidades que golpea el corazón del mecanismo escogido por la dirección como la candidatura definida por encuestas.

El Centro Democrático se ahorró una consulta abierta y optó por dos mediciones con firmas chilenas, una encuesta a ciudadanía general (Cadem) y otra a militantes/dignatarios (Panel Ciudadano). Los resultados dejaron a Valencia arriba con 17 % vs 11% en la abierta; 45 % vs 37 % en la cerrada.

En diciembre, Cabal ya había dejado claro su desprecio por ese método. Calificó las encuestas de “antipáticas” y “antidemocráticas”, aunque dijo que acompañaría a Valencia y pidió auditoría. Un mes después, el acompañamiento suena a formalidad y la auditoría, a capítulo judicial. La carta del 23 de enero (divulgada el 26) eleva el tono y afirma que “los meros indicios” se volvieron “evidencia clara de graves irregularidades en el proceso”.

El texto va cuestiona la ausencia de comités de garantías, reglas claras, trazabilidad y mecanismos de impugnación; además plantea que el proceso debía informarse/registrarse ante el CNE. En otras palabras, no es solo una pelea de egos, es una acusación directa de debido proceso partidista vulnerado.

La carta no se limita a criticar encuestas, construye un relato político que mezcla el reacomodo del uribismo tras el atentado contra Miguel Uribe Turbay, las tensiones por quién heredaba sus banderas y el papel de asesores y terceros.

También menciona la empresa Atlas Intel y afirma que hubo intentos de contratación/asesoría en contravía de lo acordado, en el contexto de la precandidatura de Miguel Uribe Londoño. Y mete un elemento y sostiene que, tras el anuncio del 15 de diciembre, las encuestadoras y la auditora “no entregan toda la información pertinente” pese a derechos de petición e insistencias.

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Gabriel Vallejo, director del Centro Democrático, salió a defender el proceso y a citar auditorías. Según reportes, el partido publicó fichas técnicas y resultados y adjuntó un informe (Kepler) que concluye que no se detectaron irregularidades y valida el procedimiento técnico de la encuesta interna.

La disputa queda entonces en la legitimidad del camino. Cabal y Lafaurie sostienen que el diseño del proceso fue una trampa sin garantías; la dirección responde que la auditoría técnica descarta manipulación y que todo fue transparente.

Valencia queda con la candidatura y con el problema

Cabal promete apoyar a Valencia, pero pide ‘partir el partido’. Esa frase tiene una traducción sencilla: “no les tumbo la candidata, pero me llevo una parte del uribismo”.

La gravedad está en que Cabal no es una figura decorativa sino una de las voces más mediáticas del uribismo y la congresista mujer más votada del Centro Democrático en 2022. Cuando alguien con ese peso decide que “no hay espacio”, lo que está diciendo es que el partido se volvió un club con dueños, no una maquinaria electoral disciplinada.

Además, la salida llega con la derecha en modo rompecabezas con las fracturas recientes y una competencia ampliada en consultas interpartidistas. Escenario en el que dividir el uribismo es una decisión con costo electoral inmediato.

El uribismo nació como un proyecto de orden y mando. La crisis actual es exactamente lo contrario: bandos, auditorías, cartas, “derechos de petición”, y una renuncia que suena a acta de acusación. El partido que se vendió como antídoto contra la ‘politiquería’ termina atrapado en una pelea de procedimiento interno donde la palabra “garantías”, tan usada para criticar a sus rivales, ahora le explota en la cara.

Lo que sigue ya no depende de Cabal. Depende de si el Centro Democrático puede sostener una candidatura presidencial sin que se le caiga la base, y de si Paloma Valencia logra convertirse en candidata de coalición y no en candidata de aparato. Porque una cosa es ganar una encuesta, otra es gobernar una derecha fracturada.

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