Las redes sociales tienen una particular capacidad para reducirlo todo a una fotografía. Bastó ver unos balones entregados a niños de una comunidad golpeada por la tragedia para que aparecieran las burlas: que un balón no se come, que con él no se reconstruye una casa, que no reemplaza un medicamento ni devuelve lo perdido.
Y sí, un balón no quita el hambre, pero tal vez estamos olvidando que una emergencia no solamente destruye paredes, carreteras y hospitales; también golpea emocionalmente a quienes la viven, y los niños no son la excepción.
Una familia que lo perdió todo necesita techo, alimento, agua, atención médica y soluciones reales del Estado, eso no admite discusión. Ningún balón puede sustituir esas responsabilidades y sería absurdo pretenderlo, pero tampoco debería ser necesario escoger entre alimentar el cuerpo y atender las emociones.
Después del miedo, de los gritos, de las pérdidas, de dormir fuera de casa o de ver a los adultos desesperados, un niño sigue necesitando ser niño y jugar puede ser una manera sencilla pero profundamente humana, de comenzar a recuperar algo de normalidad.
El juego tiene una dimensión que solemos subestimar, ya que permite socializar, expresar emociones, liberar tensión, distraer momentáneamente la mente de aquello que produce miedo y recuperar la sensación de seguridad. Una pelota puede convertirse durante algunas horas en un partido improvisado, en risas, movimiento, amigos y sueños, no borra la tragedia ni resuelve la pobreza, pero puede abrir un pequeño espacio entre el dolor y la esperanza, y en una comunidad golpeada, esos espacios también importan.
Por eso resulta preocupante que la polarización política nos esté llevando al punto de burlarnos incluso de la alegría de los niños.
Hay que exigirle al Gobierno viviendas, hospitales funcionando, alimentación, infraestructura, recursos transparentes y reconstrucción efectiva, todo eso hay que exigirlo y vigilarlo, pero hacerlo no obliga a despreciar un balón. Una política pública verdaderamente humana debería entender que reconstruir un territorio significa reconstruir casas, pero también comunidades, vínculos, confianza y bienestar emocional.
Si los balones hubieran sido la única respuesta del Estado frente a una tragedia de esta magnitud, la indignación estaría plenamente justificada, pero no lo fueron y ahí es cuando vale la pena preguntarnos por qué una pelota terminó eclipsando todo lo demás.
Quizás dentro de algunos años ninguno de esos niños recuerde quién era el presidente, qué partido gobernaba o cuál tendencia convirtió aquella imagen en una batalla de redes sociales, pero alguno puede recordar que, en medio de uno de los momentos más difíciles de su infancia, volvió a correr detrás de una pelota y durante un rato dejó de tener miedo.
Porque un balón no quita el hambre ni reconstruye una vivienda, pero en las manos de un niño puede hacer algo que también necesitamos después de una tragedia como lo es recordarle que todavía existe un mañana.




