En esa realidad, la de quienes limpian, cocinan y cuidan hogares ajenos, aparecieron voces que no suelen estar en la primera fila, las de las trabajadoras domésticas diciéndole a la vicepresidenta Francia Márquez, sin rodeos, que el discurso de dignidad les está quedando grande cuando se mira el recibo de pago… o el mensaje de ‘no vuelva’.
La advertencia, encabezada por Yenny Hurtado, líder y vocera nacional de Sintrasedom-Sindicato de Trabajadoras Domésticas, no fue contra el aumento como idea, de hecho lo califican de magnífico, sino contra el efecto inmediato que implica despidos y una estampida hacia la informalidad.
La frase que resume el cuadro es cruda: “las patronas ya no las llamaron y les dijeron que no volvieran”, y el dilema se vuelve perverso, pues es quedarse sin trabajo o “arreglar” por debajo de la ley para sobrevivir. En otras palabras, un país celebrando el salario digno mientras muchas trabajadoras negocian la indignidad en voz baja.
Y ahí es donde el reclamo se vuelve político, casi personal, puesto que no es solo el mercado laboral, es la representación. Hurtado le dijo directamente a la vicepresidenta que no solo las usó en campaña sino que jamás las llamó y cuando estas quisieron hablar con la dirigente, se encontraron agenda llena para dos años y la puerta blindada. Para un gobierno que se vende como del lado de los invisibles, el gremio más invisible jura que ni lo miraron.
El símbolo perfecto terminó siendo el helicóptero. “Ella anda en el helicóptero”, dijeron, del barrio al despacho, del delantal al protocolo, del “soy como ustedes” al “no hay agenda”. Y el asunto pica más porque Márquez ya había defendido públicamente su uso por razones de seguridad y funciones del cargo; el problema es que, mientras desde el poder se justifica el helicóptero como ‘necesidad de seguridad’, abajo se acumula la sensación de que el gobierno aterriza poco en las cocinas desde donde los subieron al poder.
En el fondo, lo que las trabajadoras domésticas le están diciendo a Francia Márquez no es un insulto sino una factura. “Nunca nos preguntan qué pensamos”, denuncian; “para mí eso es puro cuento”, rematan, cansadas de que las nombren en campaña y las archiven en gobierno.
Si la Vicepresidencia quiere apagar este incendio, la salida no es un video emotivo ni una frase de tarima, es silla en las mesas donde se decide, inspección real para evitar despidos camuflados y un plan serio para que la formalización no sea el lujo de pocos. Porque si no, el “trabajo digno” seguirá siendo eso, un eslogan bonito… para otros.






