Guarumo publicó en enero de 2026 un nuevo reporte sobre el comportamiento digital y el discurso público de aspirantes presidenciales, construido con monitoreo de redes Instagram, TikTok, Facebook, X, LinkedIn, búsquedas en Google y registros públicos de pauta en Meta.
La advertencia está escrita en negrilla conceptual y resalta que no es encuesta, no mide favorabilidad ni intención de voto. Aun así, en la práctica entra al ecosistema como si fuera una carrera con lista ganadores, instala conversación y alimenta la ilusión de inevitabilidad.
En el corte divulgado, Guarumo destaca como líderes de interacción a Vicky Dávila, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. El dato es útil, pero también tramposo si se interpreta como respaldo ciudadano, es que la interacción no es aprobación y mucho menos voto; es respuesta emocional, impulso y, en muchos casos, amplificación por dinámica de plataforma.
Por red, el mapa se fragmenta. En Instagram, Guarumo ubica arriba a De la Espriella, Juan Daniel Oviedo y Paloma Valencia; en X, lideran Paloma Valencia, Vicky Dávila e Iván Cepeda. En TikTok, el portal de noticias Infobae reseña que el listado de seguidores lo encabezó Santiago Botero, seguido por Oviedo y Dávila. Es decir, no existe el candidato digital sino candidatos que dominan audiencias distintas con lenguajes distintos.
El informe mete un elemento que suele maquillarse como simple estrategia y es la pauta. En el seguimiento a inversión publicitaria visible en Meta Ads, aparecen nombres como Juan Carlos Pinzón, Mauricio Cárdenas y Felipe Córdoba entre quienes más han invertido (con base en lo público). Pero el propio marco metodológico deja una grieta: el registro se limita a cuentas oficiales y no incluye lo promovido por influenciadores, medios u otras cuentas externas. La campaña real, muchas veces, vive precisamente en esa zona.
Lo más revelador del reporte no es quién encabeza tablas sino el giro del lenguaje, pues Guarumo describe una migración general hacia un tono más emocional y coloquial, menos técnico y más diseñado para activar reacciones. En Colombia 2026, el riesgo es que si la política se mide por “engagement”, el incentivo no es convencer, sino incendiar.






