De la confrontación a la unidad: el primer desafío de Abelardo De La Espriella

El discurso de victoria combinó mensajes de reconciliación para los votantes de Cepeda con fuertes advertencias al gobierno saliente.

El discurso pronunciado por Abelardo De La Espriella en Barranquilla, tras imponerse en el preconteo de la segunda vuelta presidencial, buscó marcar una transición inmediata entre el candidato combativo de la campaña y el gobernante que deberá representar a todo el país.

Su afirmación de que terminaron las divisiones políticas, junto con la promesa de gobernar sin persecuciones, venganzas ni retaliaciones, respondió a una necesidad evidente como lo es enviar tranquilidad a una Colombia que terminó la elección prácticamente dividida en dos mitades.

La estrechez del resultado explica buena parte del tono conciliador, De La Espriella no recibió un mandato político aplastante, sino una victoria ajustada frente a Iván Cepeda, por lo que sus palabras hacia los electores de izquierda adquieren especial importancia.

Decirles que sus derechos estarán garantizados y que buscará ganarse su confianza con resultados constituye un mensaje correcto para la estabilidad democrática, aunque su credibilidad dependerá de que esa apertura se refleje en los nombramientos, las decisiones de gobierno y la relación con la oposición.

El juramento de lealtad a la Constitución de 1991 también tuvo un fuerte contenido simbólico, durante la campaña, De La Espriella construyó su liderazgo alrededor de conceptos como autoridad, orden, seguridad y defensa de la patria; en su discurso de victoria intentó complementar esa imagen con un compromiso expreso con la institucionalidad, la autonomía de la justicia, la independencia del Congreso y el respeto a alcaldes y gobernadores. En otras palabras, procuró presentar su denominada Patria Milagro no solamente como un proyecto de mano dura, sino como una propuesta de reconstrucción republicana.

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Sin embargo, el llamado a la unidad contrastó con el mensaje dirigido al presidente Gustavo Petro y a Iván Cepeda, a quienes pidió ‘empacar las maletas’ para ejercer la oposición y abstenerse de promover el miedo, la violencia o el desconocimiento de los resultados.

Esa parte del discurso conservó el lenguaje de confrontación que caracterizó su campaña y reveló la principal tensión de su futuro gobierno en el que dice que no será posible convocar a la reconciliación mientras se mantenga una narrativa que trate a los adversarios como una amenaza permanente. Garantizar la oposición no significa únicamente permitir que exista, sino reconocer su legitimidad y evitar estigmatizarla.

La mención del vicepresidente electo José Manuel Restrepo como motor del nuevo gobierno, así como el homenaje a Miguel Uribe Turbay, buscó ampliar el significado político de la victoria y vincularla con sectores conservadores, empresariales y ciudadanos que reclamaron un cambio frente al gobierno de Gustavo Petro.

Pero el verdadero alcance de este triunfo no se medirá por las consignas de la noche electoral, se medirá por la capacidad de De La Espriella para convertir su discurso de unidad en una práctica de gobierno, controlar los sectores más radicales de su coalición y entender que, en un país electoralmente partido por la mitad, gobernar no es derrotar al contrario, sino ofrecer garantías, resultados y confianza a quienes no votaron por él.

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