La rotación no suena a exigencia ética sino a administración del daño, se sacrifica una ficha, se anuncia un ajuste y se sigue como si el problema fuera el nombre en la puerta y no la estructura que permite que todo se repita. En ese carrusel, la responsabilidad se vuelve espuma y la institucionalidad queda en modo improvisación permanente.
Mientras el gabinete hace fila para entrar y salir, el expediente crece por el lado que más golpea la legitimidad: la política del dinero. La campaña presidencial cargó sanciones por exceder topes y el asunto saltó a escenarios penales, con figuras clave del círculo cercano bajo el foco por presuntas irregularidades.
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No es un detalle técnico ni un debate de contadores, pues cuando el origen del poder queda manchado por dudas sobre financiación, el gobierno se vuelve rehén de su propia defensa, y cada decisión pública termina oliendo a cálculo de supervivencia más que a convicción programática.
En paralelo, la UNGRD, un organismo hecho para gestionar emergencias, no para fabricarlas, se convirtió en la metáfora más cruel del periodo con recursos que deberían salvar vidas convertidos en moneda de negociación y en combustible de redes políticas.
El resultado ha sido un rosario de capturas, procesos y un alto exfuncionario fuera del alcance de la justicia, como si el Estado colombiano fuera un lugar del que se puede salir con el equipaje listo cuando el ambiente se pone pesado. Todo eso, sumado a casos de credenciales y títulos en entredicho, completa una escena donde el mérito parece opcional y la lealtad, en cambio, se vuelve requisito de permanencia.
El saldo político es un gobierno que se vendió como ruptura terminó enseñando cómo se normaliza el escándalo sin que el barco se hunda, a punta de ruido, polarización y reemplazos.
La narrativa oficial insiste en la persecución, pero el país lo que ve es repetición; demasiados nombres, demasiados casos y demasiado cerca del poder como para que todo se explique con “manzanas podridas”. Con esa combinación, lo que se erosiona no es solo la imagen del gobierno sino la idea misma de que la promesa de cambio era un mandato y no un eslogan.






