Colombia logró la emisión externa más grande de su historia este 13 de enero al colocar tres Bonos Globales (2029, 2031 y 2033) por USD 4.950 millones, con un cupón promedio ponderado de 5,93 %, y levantó un libro de órdenes que llegó a USD 23.200 millones. El Ministerio de Hacienda lo vendió como señal de apetito y confianza en la gestión de la deuda.
El peso se fortaleció en la jornada, con reportes de cotizaciones cercanas a $3.630 por dólar en mercados de referencia, mientras la TRM oficial del día se ubicó alrededor de $3.717. Dos números distintos para un mismo relato: uno sirve para el titular triunfal, el otro para recordar que la película cambiaria tiene más de un corte.
El problema es que el país no vive de la foto. Vive del contrato y en el contrato, Colombia firmó más deuda.
Hacienda confirmó que la emisión se estructuró con USD 2.000 millones al 2029 (cupón 5,375 %), USD 1.475 millones al 2031 (6,125 %) y USD 1.475 millones al 2033 (6,500 %).
El argumento oficial es impecable sobre el papel: el país “cubre gran parte del financiamiento de 2026”, mejora el perfil de vencimientos y consolida una base amplia de inversionistas.
Pero hay un detalle que el discurso institucional suele pasar por alto y es que la deuda es en dólares. Hoy el peso puede verse ‘bonito’ por efecto anuncio; mañana, si la volatilidad regresa, por política interna, riesgo fiscal o choques externos, la cuenta se recalcula sola. La deuda externa tiene una virtud (a veces es más barata que la deuda local) y una maldición, que el riesgo cambiario no se negocia, se padece.
En otras palabras, el peso apreciado no es un trofeo; puede ser apenas un respiro, y en algunos sectores (exportadores, turismo receptivo, industria que compite con importados) incluso puede sentirse como castigo.
La emisión fue sobre-demandada, sí. Hacienda subrayó que participaron más de 290 inversionistas, con fuerte peso de Reino Unido y Estados Unidos.
Mientras el Gobierno presume un cupón externo promedio de 5,93 %, el mercado local sigue mostrando una realidad dura: los rendimientos de referencia a 10 años en Colombia se han movido en rangos altos (alrededor de 12 %–13 % según distintas mediciones y momentos), un nivel que encarece el crédito, presiona tasas hipotecarias y revela que el riesgo percibido no es menor.
Récord de emisión no equivale a salud fiscal sino a urgencia de caja
El Gobierno insiste en que esta operación completa metas de financiamiento 2026, pero el contexto reciente deja un rastro que no cuadra con el relato triunfalista, puesto que en diciembre, el Gobierno realizó una venta directa de TES por $23 billones a un solo inversionista, operación criticada por su opacidad y por el mensaje que envía sobre la caja del Estado. Se reportó reportó inquietud de actores del mercado sobre estas operaciones fuera de mercado y la incertidumbre que generan.
En suma, el país arranca 2026 con necesidades de financiamiento altas y un debate fiscal vivo. Entonces el récord no solo se puede leer como acceso exitoso a mercados, sino como lo que también es pre-financiación acelerada para llegar con oxígeno a un año políticamente sensible.
Eso no es contradicción: es cómo funcionan los mercados (una referencia oficial diaria vs. movimientos intradía). La sospecha está en otra parte: **atribuirle todo el movimiento del peso a la emisión** es un atajo narrativo. El tipo de cambio también responde al dólar global, al apetito por riesgo, a flujos por commodities, y a expectativas internas.
La frase más reveladora no está en el monto, está en lo que promete
El ministro de Hacienda, Germán Ávila, dejó una línea diseñada para titulares, que la demanda “refleja confianza en el manejo responsable de las finanzas públicas”. Y Javier Cuéllar dijo que el récord del libro de órdenes se explica por “buenos resultados” de la estrategia de 2025.
El problema es que la responsabilidad fiscal no se demuestra con una colocación exitosa, sino con una trayectoria: déficit bajo control, gasto sostenible, reglas claras, crecimiento que recaude, y una deuda que no obligue a patear el balón cada año con más intereses. Colombia acaba de conseguir un balón nuevo, pero sigue jugando en una cancha inclinada.
El Gobierno puede vender esto como la emisión más grande y el peso más fuerte, pero el país debería leerlo con otra lente y es la confirmación de que 2026 se financia con deuda récord, y de que el mercado internacional está dispuesto a ‘prestarnos’ siempre que paguemos lo suficiente.
La discusión real no es si el dólar bajó un día o si el libro de órdenes fue histórico. La discusión real es quién paga la factura cuando el entusiasmo se enfríe, porque las emisiones pasan, pero la deuda queda y al final, Colombia no cancela la deuda con comunicados, la cancela con impuestos, crecimiento y recortes que nadie quiere firmar en campaña.






