Pinzón pintó un país en el que el dinero no alcanza, el empleo es inestable y el gota a gota se volvió, según su tesis, la salida forzada de millones. Y, como es costumbre en campaña, repartió responsables: habló de un gobierno que habría debilitado la seguridad, sembrado incertidumbre económica y permitido que crecieran las crisis fiscal y energética.
Pinzón sostiene que el crédito ilegal no se combate solo con operativos, sino compitiéndole con oferta formal, por eso plantea una línea nacional de microcrédito inmediato, con aprobación ágil y desembolso entre 24 y 48 horas, apalancada con banca pública y alianzas con fintech, justamente para llegar a los territorios y barrios donde hoy manda el cobrador con libreta, intereses impagables y amenazas.
En el capítulo laboral, el precandidato promete 2 millones de empleos y una reforma laboral con salario por horas, pero con prestaciones, como intento de formalizar a quienes hoy sobreviven en la informalidad.
También mete en la ecuación a los 2.700.000 jóvenes que ni estudian ni trabajan, para los cuales propone una modernización del SENA para que el sistema de formación responda al mercado real y no a la estadística bonita.
En vivienda, Pinzón propone reactivar la confianza en la Vivienda de Interés Social y lanzar un plan para construir más de 1,1 millones de casas, con el discurso de atacar el déficit habitacional urbano y rural.
Para conquistar a un ejército silencioso que mueve el país en dos ruedas, metió otro tema de bolsillo: cambiar el modelo del SOAT para motos, eliminando el cobro obligatorio y sustituyéndolo por un esquema que mantenga la atención médica, reduzca la siniestralidad y premie al buen conductor.
En medio de la carrera, la campaña también aterriza en una advertencia práctica y es que en la jornada del 8 de marzo, con consultas en simultáneo con la elección legislativa, el votante debe pedir y marcar una sola opción en la tarjeta de consulta; elegir más de un precandidato anula el voto.
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