El abogado Miguel Ángel Del Río puso el dedo en una llaga que el petrismo y sus críticos prefieren mirar por separado: el encuentro entre Gustavo Petro y Westcol no fue una simple charla informal en la Casa de Nariño, sino una jugada de comunicación calculada para irrumpir en un territorio donde la política tradicional ya no tiene entrada.
El penalista Miguel Ángel Del Río Malo analizó en Tercer Canal la relevancia de la entrevista, Según el cual el presidente entendió que hoy ciertos creadores digitales, por cuestionables que sean, concentran una conexión real con audiencias jóvenes que la institucionalidad perdió hace rato. El problema no es solo que Petro haya ido a buscarlos; el problema es lo que eso dice del fracaso de la política para seducir, convencer y formar criterio por fuera del algoritmo.
Del Río, incluso reconociendo las expresiones racistas, homofóbicas y machistas por las que Westcol ha sido duramente cuestionado, planteó una especie de dilema brutal: ¿era más grave darle foco a un personaje polémico o desperdiciar la posibilidad de hablarle a una comunidad a la que el discurso político ya no llega? Ahí está el corazón del debate. Porque Petro no escogió un escenario pedagógico, sobrio o institucional; escogió el escenario de la atención masiva y cuando un presidente decide entrar en ese terreno, no solo adapta el mensaje: también corre el riesgo de rebajar el umbral moral con tal de ganar visibilidad.
Lo inquietante es que la tesis de Del Río, más que justificar a Petro, desnuda una carencia estructural del proyecto político que dice representar. Si para conectar con los jóvenes hay que pasar por un intermediario cuya notoriedad nace en parte del escándalo, entonces la promesa de una política más consciente, más ética y más transformadora empieza a verse atrapada en las mismas lógicas del mercado digital que tanto critica.
La apuesta puede ser eficaz en métricas, pues el ‘stream’ superó el millón de vistas en sus primeras horas, pero en el fondo, lo que Del Río retrata no es solo una estrategia de Petro, sino una mutación de la política colombiana a la que ya no le basta con tener ideas, ahora hay que ser consumible.
Petro quiso llegar donde la política no llega, ahora es la opinión pública la tendrá que decidir si eso fue audacia democrática o simple pragmatismo sin filtro.

